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Otras nietas. Historias de otras abuelas, contadas por sus nietas, a modo de homenaje a la memoria

Josefa Casalé, una de las diez rosas de Uncastillo

Os escribo desde Ejea para deciros que no os apuréis por nada, que Dios no desampara a nadie. Yo estoy muy conformada, pues bien sabéis lo que he sido. Estos fueron parte de mis últimos pensamientos antes de ser fusilada en 1936. Me llamo Josefa Casalé y tenía 40 años. Atrás dejaba a cuatro hijos, Manolo de 14 años, María de 12, Enrique de 7 y Soledad de 4, a un marido y a una madre. Pero, como toda historia que se precie, empecemos por el principio, aunque ya os haya contado mi final.

El mundo me vio llegar en 1896 a Uncastillo, un pueblecito de Zaragoza con poco más de 2.800 habitantes. Supongo que la vida me fue llevando por los caminos que se esperaban para una mujer de la época, ser ama de casa y madre. Me casé con Isidoro, un agricultor con el que comencé a crear una familia. Seis fueron los hijos que nacieron de esa unión, si bien perdimos a dos de mis pequeños demasiado pronto.

A diferencia de muchas otras mujeres, no me abandoné al analfabetismo. Bien sabe Dios que me costó sudores aprender por mi cuenta a leer y escribir, lo que despertó en mí la curiosidad del saber, de ahí que fuese haciéndome, no sin esfuerzo, una pequeña colección de libros. Una biblioteca que pereció ante las llamas por el miedo que había despertado mi muerte.

Junto a mis labores de ama de casa y madre, también desarrollé una faceta de profesora, pues enseñaba por las noches en mi casa los conocimientos que había aprendido a aquellas personas que no habían tenido la oportunidad. Amén de no faltar ni un solo día a Misa, pues Dios siempre ha guiado mis actos y mis pensamientos. Tal había sido mi devoción, que tenía hasta mi propio reclinatorio en la Iglesia. Otro objeto que sufrió las consecuencias del señalamiento político de su dueña.

Eso sí, mi fe cristiana nunca había chocado con mi corazón republicano, ese que dejó de latir ante el sinsentido de la ideología franquista. Nunca pensé que unas ideas iban a ser las que me llevasen a la tumba. Todo comenzó a gestarse tras la revolución de octubre de 1934. Elaborábamos una serie de rosas rojas de papel para venderlas y ayudar de esta manera a los mineros encarcelados.

Un acto de buena fe que me señalaría como roja para siempre. El día de mi detención estaba en casa como cualquier otra jornada, pendiente de las tareas del hogar y de mis hijos. Ya sabía que iban a venir a buscarme, pero no quería romper la cotidianidad con mis nervios y mi aflicción, eso lo dejaba para mis ratos de intimidad, donde lloraba para desahogar esa angustia y rezaba, sobre todo rezaba.

El sol ya se había escondido cuando sendos golpes hicieron temblar la puerta. Había llegado mi hora. Salí de mi hogar con la cabeza alta y con entereza, porque ante todo no les iba a dar la satisfacción de ver que sus crueles actos causaban en mí consternación. Tampoco quería que el último recuerdo que tuviesen mis hijos, mi madre y mi cuñada fuese el de una mujer que en el fondo estaba asustada, no tanto por lo que me esperaba, sino porque sabía que no volvería a verlos nunca.

Con Dios como mi soporte, me uní junto a otras nueve mujeres del pueblo que corrieron la misma suerte: Lorenza Arilla Pueyo, Narcisa Pilar Aznárez Lizalde, Inocencia Aznárez Tirapo, Julia Claveras Martínez, Isidora Gracia Arregui, Melania Lasilla Pueyo, Felisa Palacios Burguete, Andresa Viartola García y Leonor Villa Guinda. Dicen que se nos conoce como las Diez Rosas de Aragón.

Nuestro gran delito para merecer tal castigo fue el significamiento político o bien que nuestros parientes varones habían huido y aquello tampoco podía quedar sin reprimenda. Consciente de cuál iba a ser mi destino, me decidí a escribir una carta a mis hijos la noche antes de la cita. En ella, sobre todo, quería darles consejos prácticos y de supervivencia, puesto que el amor que les profesaba ya era por todos sabido. No quería que se apurasen, puesto que son cosas que Dios las prepara así, y tenemos que tener conformación.

Así pues, el 31 de agosto de 1936 mis vecinas y yo fuimos ejecutadas en Farasdués, una localidad del municipio de Ejea de los Caballeros, y tiradas a una fosa del cementerio local. Ahora, 84 años después, mi hija Soledad, la más pequeña de todos y la única que vive, ha encontrado mis restos junto a los de mis compañeras. Como era tan pequeña cuando yo le falté, no recuerda mi cara, ni mi voz. Lo que sí ha guardado en su memoria es esta frase que yo le decía cuando íbamos a la plaza del ordinario para estar a la fresca: Corazón sin trampa, perla dibujada, naricita de oro, perita confitada. Eso y esta carta que dejé escrita para que supiesen que, hasta el último momento, mi pensamiento y mi corazón estaban con ellos.

Uncastillo/ 30 agosto 1936

“Querido esposo, madre e hijos:

Os escribo desde Ejea para deciros que no os apuréis por nada, que Dios no desampara a nadie. Yo estoy muy conformada, pues bien sabéis lo que he sido.

María, te escribo más a ti que a nadie para encargarte cuides mucho de tus hermanos. Si no puedes no vayas a la escuela y cuides bien de casa y de la abuela, que cuando seas mayor ya aprenderás.

María, en el baúl grande tienes una tela de camisa para tu padre y en el baúl detrás de la puerta hay una camisa de la Sra. Luisa para hacerla para Manolo y la tela que le compré en el balde para hacerle otra. En el baúl del cuarto oscuro tienes una chaqueta; si le está bien para tu padre y si no, la guardas para el Manolo. Los pantalones de pana que los remienden tus tías y los recogéis al baúl. En los de Manolo, les  saquen el doble; en fin,  recoged todo bien y en el canasto de arriba habrá pedazos de pana y una chaqueta que hay descosida con unos pantalones la guardáis para hacerle una al Manolo para otro año. Detrás de la puerta del cuarto donde duermes tiene tu padre un pantalón y Manolo otro, y un chanchullo tiene tu padre colgado en el cuarto de masar, y la ropa y los bancales que la lave tu tía Benita y la recogéis.

Si tenéis algo que coser y no pueden tus tías lo llevas a la Felisa y lo pagáis.

Manolo, hijo mío, no faltes a nadie como lo has hecho hasta ahora y cuida de tus hermanos, y no riñáis. Sed buenos hermanos.

María, rézale a la Virgen todos los días por tu madre y enséñale a tus hermanicos todas las cosas buenas que yo te he enseñado a ti. Sobre todo lleva a tus hermanos bien limpios y del vestido de lana que hay en el baúl que te hagan un vestido a ti, y todo lo que no te valga a ti guárdalo para tu hermanica. Tenéis muy buen padre y os cuidará mucho.

Llevad trigo al horno de Cortés, pagáis y lleváis de allí el pan.

Os repito que seáis buenos, que sigáis los consejos de vuestra madre, y tú María, déjate corregir de tus tíos y primos y sé obediente, pues tus tíos se portarán bien convosotros, pues yo tengo la tranquilidad que no os dejarán solos, y la abuela que no llore, que son cosas que Dios las prepara así y tenemos que tener conformación.

En una caja de la cómoda tenéis cinco pesetas y en la cesta tienes lo de comer.

Recibid, pues, muchos besos y abrazos para vosotros, para la abuela, para los hermanos y para tu padre igual le digo pues como es bueno nada tengo que advertirle. A casa tía Ramona lo que quieran, pues nada les digo.

Quien os quiere mucho

En el baúl viejo hay dos camisas de tu padre. Si valen las remendáis cuando sea. Muchos recuerdos de Paco de la tía Conrada que está aquí vigilante.”

 

Nota

La prematura muerte de Josefa Casalé Suñé y la corta edad de sus hijos cuando fue fusilada no han permitido conservar ninguna fotografía para que sus nietos guarden en su memoria la imagen de esta gran mujer. La carta manuscrita que reproducimos en este blog es el único testimonio que tenemos de ella. Agradecemos sinceramente a la familia que nos haya cedido la imagen de estas palabras para reproducirla en este espacio de memoria dedicado a las mujeres así como los documentos que nos han enviado para dar testimonio de los datos que se han incluido en este relato. Muchas gracias.

 

Esta entrada tiene 3 comentarios
  1. Cada vez que leo la carta me pregunto cómo se puede escribir tú última carta y es para poner tu casa y familia en orden dentro de lo que cabe.
    Tuvo que ser una gran mujer.
    Merche

  2. Gracias a nietas por la memoria por el trato recibido al escrito de mi abuela, cada vez que la leo pienso cómo una persona que sabe qué la van a fusilar al día siguiente es capaz de escribir esta carta para poder dejar más o menos su casa organizada.
    Un abrazo
    M. Font

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Un relato escrito por:

Mercedes Font
Carta de Josefa Canalé manuscrita
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